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Allá de Toda Comparación
Muhammad Mustafa (s.a.s)
Osman Nûri TOPBAS
Muhammad Mustafa (s.a.s)
Published by Osman Nuri Topbas at Smashwords
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Istanbul 2009
E-mail: english@altinoluk.com
Web site: http://www.islamicpublishing.net
Translator: Abu Bakr Gallego
Estambul 2009
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Traductor: Abu Bakr Gallego
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CONTENIDO
El Profeta Muhammad Mustafa (s.a.w)
Uswat‘ul-hasanah/
El modelo inigualable
El inigualable comportamiento del Profeta de Allah (s.a.w)
El bello rostro del Profeta de Allah y su inigualable comportamiento
La humildad del Profeta de Allah (s.a.w)
La generosidad del Profeta de Allah (s.a.w)
La taqwah del Profeta de Allah (s.a.w)
La abstinencia del Profeta de Allah (s.a.w)
La cortesía del Profeta de Allah (s.a.w)
Los modales y el pudor del Profeta de Allah
El coraje del Profeta de Allah (s.a.w)
La ternura del Profeta de Allah (s.a.w)
La misericordia y la compasión del Mensajero de Allah (s.a.w)
La indulgencia del Profeta de Allah (s.a.w)
La observancia de los derechos del vecino en el Profeta de Allah (s.a.w)
El trato del Profeta (s.a.s) con los pobres
El trato del Profeta (s.a.w) con los cautivos y sirvientes
El trato del Profeta de Allah (s.a.w) con las mujeres
El trato del Profeta (s.a.w) con los huérfanos
El trato del Profeta de Allah (s.a.w) con los animales
Un
comportamiento digno de las estrellas
Siguiendo al Profeta de Allah (s.a.w) se unifica el corazón
La adherencia al Profeta de Allah (s.a.s) a través del amor
El espejo de su amor y de su comportamiento: Asr‘us-saadah
Emotivos himnos de amor al Profeta
El amor de los Compañeros por el Profeta de Allah (s.a.s)
La fuente del amor después de los Compañeros
Lo que más necesita el corazón y la mente: Un carácter ejemplar
La educación que nos hace hombres: La enseñanza Divina
El carácter ejemplar de los Profetas
Utilizando el corazón y la razón
El ejemplo único – el Bendito Profeta (s.a.w)
Seguirle requiere la educación del corazón
El valor del Profeta de Allah (s.a.w) en nosotros
La medida de nuestro amor por él (s.a.s)
Los signos de nuestro amor por él
La dificultad de explicarle adecuadamente
Allah,
glorificado sea, presenta al Noble Mensajero de la siguiente manera:
“Y no te hemos enviado sino como misericordia para todos los mundos.”
(Al-Anbiya,
21:107)
“¡O Profeta! En verdad que te hemos enviado como testigo, anunciador de buenas nuevas y advertidor. Y para llamar a Allah con Su permiso y como una lámpara luminosa.”
(Al-Ahzab,
33:45-46)
“Realmente en el Mensajero tenéis un hermoso ejemplo para quien tenga esperanza en Allah y en el Último Día y recuerde mucho a Allah.”
(Al-Ahzab,
33:21)
“Y tendrás por cierto una recompensa que no cesará. Y estás hecho de un carácter magnánimo.”
(Al-Qalam,
68:3-4)
“¡Vosotros
que creéis! Obedeced a Allah, obedeced al Mensajero y no echéis a
perder vuestras obras.” (Muhammad, 47:33)
“Quien obedezca a Allah y al Mensajero, ésos estarán junto a los que Allah ha favorecido: los Profetas, los veraces, los que murieron dando testimonio y los justos. ¡Y qué excelentes compañeros!”
(An-Nisa,
4:69)
“Es verdad que Allah y Sus ángeles hacen oración por el Profeta. ¡Vosotros que creéis! Haced oración por él y saludadle con un saludo de paz.”
(Al-Ahzab,
33:56)
Gratitud eterna a nuestro Glorioso Señor por habernos concedido el honor de formar parte de la ummah de Muhammad Mustafa (s.a.s), aclamado como el Amado de Allah y corona de todos los Profetas.
Saludos a nuestro Bendito Profeta (s.a.s), Sol Imperecedero, cuyo carácter sin parangón proyecta sin cesar la luz de la verdad y la guía a toda la humanidad para llevarla al camino de la bendición perpetua.
La humanidad vivía sumergida en un mar agitado por la confusión cuando Allah, Glorificado sea, envió a Su Profeta como un regalo, como una misericordia para el mundo, rescatándola de la opresión y la decadencia. Elevado por Allah desde un lejano horizonte, el Profeta (s.a.s) fue como una estrella refulgente que brillaba por encima de un mundo cubierto por las nubes de la ignorancia de una sociedad que había perdido la consciencia de su condición humana y vivía bajo el dominio del ego animal que habita en el corazón de los hombres que no han logrado purificarlo.
En otras palabras, Allah, Glorificado sea, envió a Su Profeta (s.a.s) como una misericordia para todos los mundos, ya sean éstos animados o inanimados, desde el polvo y las piedras, a los ríos y mares. Una bendición para la tierra y para el cielo, para el espacio y el tiempo; pero en particular para el ser humano, como el medio más seguro para él de alcanzar la guía, la misericordia y la salvación.
Hasta tal punto el Profeta (s.a.s) es una misericordia, que todos los seres han sido creados en su honor, y valorados según el amor que alberguen por él en sus corazones.
Su misericordia es tal, que bajo las alas de su compasión puede refugiarse no sólo la humanidad entera, sino también el resto de las criaturas.
Su misericordia fue puesta de manifiesto por nuestro Glorioso Señor al sernos presentado como una fuente inagotable de gracia, y provisto con atributos incomparables. Fue y es torrente de vida para los corazones resecos.
Como misericordia para todos los mundos, fue por medio del Profeta Muhammad (s.a.s) como nos llegó el Noble Qur'an, guía perpetua para el hombre.
Fue honrado con el regalo exclusivo del Miray –la Ascensión- como el Amado de Allah, el Misericordioso, el Compasivo.
Hasta tal punto el Profeta (s.a.s) es una misericordia que sin él este mundo se habría convertido en un desierto estéril. Gracias a él, la creación fue relanzada a través de su luz.
Su misericordia es un reflejo de la belleza que para él fue creada. No se abre un capullo si no es en su honor, pues de no haber sido por él, nada habría llegado a ser. Es por él que somos. El Profeta (s.a.s) es una flor de intensa de luz cultivada por la Divinidad, y cuya frescura se acrecienta día tras día.
El Todopoderoso muestra el valor del Profeta (s.a.s) enviándole afectuosos saludos.
Bajo el techo de la profecía de esta excepcional misericordia, el universo entero ha podido gustar el sabor de la verdadera paz. Sofocada hasta entonces por el humo de la rebeldía, la humanidad fue capaz de navegar hacía aguas más elevadas a través de la puerta del conocimiento abierta por el Bendito Profeta (s.a.s), e inhalar un nuevo aliento de vida. Las piedras se derritieron en sus graciosas manos. Los corazones contaminados por la suciedad y el vicio fueron purificados y pulidos en su cristalina fuente hasta convertirse en moradas de amor.
Antes de recibir la guía, Wahshi el abisinio era un hombre sin escrúpulos para quien la sangre constituía su mayor festín. Pero en virtud de su sometimiento al Profeta Muhammad (s.a.s), pasó a ser un Compañero compasivo de inmensa ternura. Muchos otros, antes de que les llegase la guía, estaban muertos espiritualmente hablando, heridos mortalmente por las garras del vicio. Y sin embargo, el haber bebido un tiempo después de la misma guía, les llevó a adquirir un respeto y una admiración que acompañó y acompañará a sus nombres por toda la eternidad.
Todo ello no hace sino confirmar que tanto interna como externamente, el Bendito Profeta (s.a.s) es el culmen de la creación de Allah, Glorificado sea. El más noble, el más perfecto y el más amado, hasta el punto de que el resto de las grandes figuras que han ido apareciendo a lo largo de la historia no son sino reflejos del Profeta de la Gracia (s.a.s), porciones de sus magníficas cualidades, lunas proyectando la intensa luz de este Sol enviado por Allah como Gracia y Misericordia para todos los mundos.
El sendero que nos lleva a Allah, Glorificado sea, y a Su complacencia, pasa obligatoriamente por el amor al Amado Profeta (s.a.s), un hecho confirmado por el Todopoderoso en esta ayah del Qur'an:
قُلْ إِنْ كُنْتُمْ تُحِبُّونَ اللّٰهَ فَاتَّبِعُونِي يُحْبِبْكُمُ اللّٰهُ
وَيَغْفِرْ لَكُمْ ذُنُوبَكُمْ وَاللّٰهُ غَفُورٌ رَحِيمٌ
“Di: Si amáis a Allah, seguidme, que Allah os amará y os perdonará vuestras faltas. Allah es Perdonador y Compasivo.” (Ali Imran, 3:31)
مَنْ يُطِعِ الرَّسُولَ فَقَدْ أََطَاعَ اللّٰهَ وَمَنْ تَوَلَّى
فَمَاۤ أَرْسَلْنَاكَ عَلَيْهِمْ حَفِيظاً
“Quien obedece al Mensajero está obedeciendo a Allah. Y quien le da la espalda… No te hemos enviado a ellos para que seas su guardián.” (An-Nisa, 4:80)
Así ha sido expresada esta realidad, ante la que nadie que crea en el Todopoderoso puede permanecer indiferente. Como lo enfatiza el Qur'an, la única medida del amor a Allah es nuestra adherencia a Su Mensajero (s.a.s), de la misma forma que una mariposa nocturna gira alrededor de la llama. El iman, es decir la creencia en Allah, Glorificado sea, así como todo lo que ha revelado, no puede, de lo contrario, recibir este nombre. No hay otro camino para llegar a Allah, Glorificado sea. Y si no conseguimos esta última estación, todas nuestras obras habrán sido vanas.
Por ello, debemos colocar al Bendito Profeta (s.a.s) en el centro de nuestras vidas y de nuestros corazones, de forma que su incomparable carácter sea el arquitecto que construya el nuestro.
Para lograrlo, debemos conocer a nuestro Profeta (s.a.s) mejor, más íntimamente, hasta que respiremos su mismo aliento, y nuestros corazones latan al unísono con el suyo, como fue el caso de los Compañeros, los devotos amantes del Profeta (s.a.s).
A pesar de ser como somos criaturas mediocres y sin lustre, e incapaces de albergar en nuestro corazón un inmenso amor por el Profeta (s.a.s), que sin duda merece, el mero hecho de haber entrado en este bienaventurado camino del Islam deberíamos considerarlo como una bendición en sí misma. Por otro lado, recibir un simple reflejo de su refinado carácter es suficiente para abrir la puerta de la eterna felicidad.
Este ha sido el único objetivo de escribir el presente libro –acercarnos un poco más al noble carácter del Profeta Muhammad (s.a.s), aunque haya sido con una tinta de insuficiencia y debilidad. Es un resumen de lo que ha sido expuesto anteriormente en nuestros trabajos previos sobre la sublime persona del Bendito Profeta (s.a.s).
Nuestras palabras quedan muy lejos de abarcar la grandeza de su gracia, pero es nuestro deber expresar gratitud por este regalo Divino, explicando su comportamiento y asumiéndolo plenamente en nuestras vidas. De la mejor forma que podamos, es nuestra más suprema obligación actuar como puentes que lleven al lector a su inagotable misericordia que engloba, en toda su extensión, la fase histórica en la que vivimos, con todas sus luchas y crisis. Es nuestro deber de lealtad hablar del culmen de la creación de Allah Todopoderoso al resto de la humanidad todo lo que nuestra pobre elocuencia nos permita. Pero sin la menor duda, la forma más sincera de honrarle es adoptando su conducta en nuestras vidas.
¡Que Allah nos permita compartir destellos del incomparable carácter del Profeta (s.a.s) y transformar nuestros corazones en palacios de amor! ¡Que Allah nos conceda el triunfo y pasemos el examen de la devoción y sumisión al Noble Mensajero (s.a.s) para de esa forma recibir el amor Divino!
Amin…[1]
Primera
parte
*
Más allá de toda comparación
*
Uswat'ul-hasana / El modelo inigualable
El
Profeta Muhammad Mustafa (s.a.s)
Las páginas del libro de la historia profética comienzan con la presentación de la luz de Muhammad al primer hombre, y terminan con la manifestación corporal de Muhammad (s.a.s) en este mundo. En otras palabras, desde el primer momento, esta sublime luz nos llega a través de la más pura y noble genealogía hasta Abdullah para después pasar a Aminah, la madre afortunada que estuvo preñada con la Luz del Ser, la cual pasó, finalmente, a su verdadero dueño, el Profeta (s.a.s), el más excelso de la creación.
El fascinante sistema que forma nuestro mundo debe su existencia a la luz de Muhammad (s.a.s). Los flujos del Poder Divino perceptibles a través del universo, y numerosas formas de belleza que podemos observar en cada rincón, son simples recordatorios, destellos de esa luz. Como alude el siguiente extracto de un hadiz, la única razón por la que le fue aceptado el arrepentimiento a Adam (a.s) se debió a que el barro del que había sido creado contenía una mota de polvo del Profeta (s.a.s).
“Señor… Te pido perdón por el favor de Muhammad,” suplicó Adam (a.s) después de comprender el error que había cometido al desobedecer las órdenes del Creador y que le había causado la expulsión del Paraíso. Entonces Allah, Glorificado sea, le preguntó:
“¿Cómo es que conoces a Muhammad cuando todavía no le he creado?”
“Cuando me creaste,” dijo Adam (a.s) “e insuflaste en mí Tu Espíritu, miré hacia arriba y vi las palabras La ilaha ill'Allah Muhammadan rasulullah inscritas encima de los pilares del Trono. Supe entonces que no mencionarías junto a Tu Nombre sino al más amado de la creación.”
A continuación, Allah –Glorificado sea- declaró:
“Has dicho la verdad, Adam. En verdad que él es el más amado para Mí de la creación. Así, pues, implórame por su gracia y te perdonaré. Si Muhammad no fuera a existir, tú no habrías sido creado.” [2]
Aduciendo el nombre de Muhammad (s.a.s) como un medio, una wasilah, de arrepentirse, Adam (s.a) recibió la Divina absolución. La Luz de Muhammad continuó su camino y se encarnó momentáneamente en Ibrahim (a.s) cuando al fuego de Nimrod le fue ordenado que fuese frío y placentero; y como una perla envuelta en Ismail (a.s), indujo a que se enviase un carnero desde el cielo como sacrificio.
Como podemos ver, incluso los Profetas obtuvieron la mayor Misericordia Divina a través de su nombre. Como lo ilustra el siguiente hadiz narrado por Qatadah ibn Numan (r.a), Musa (a.s) sólo deseaba ser un miembro más de la ummah de Muhammad, y obtener así las bendiciones de su adherencia a la mejor de las comunidades humanas:
“Musa (a.s) hizo la siguiente du'ah a su Señor: ‘¡Señor mío! En las tablas [3] que me has dado, se menciona a una noble y virtuosa nación de entre las naciones, que practica el bien y prohíbe el mal. ¡Haz, o Señor, que sea mi nación!’
‘Es la nación de Ahmad,’ replicó el Todopoderoso.
‘Las tablas mencionan a una nación que recita sus Escrituras de memoria, mientras que los que hubo antes necesitaban tener sus libros delante para leer, y no eran capaces de recordar una sola palabra una vez que sus escritos desaparecían. Sin duda, Señor, que has dado a esta nación un poder de memorizar y de proteger su legado como nunca antes habías dado a otro pueblo. Así, pues, permite que sean de los míos.’
‘Son de Ahmad,’ declaró el Todopoderoso.
‘Señor mío,’ continuó Musa (a.s) ‘has mencionado allí a una nación que cree en lo que le ha sido revelado y en lo que fue revelado antes de ella, lo protege y lo preserva de cualquier desviación y de los trucos del Dayyal. Por favor, deja que sea la mía.’
‘Pero es la de Ahmad,’ afirmó Allah, Glorificado sea.
‘Las tablas se refieren a una nación que será recompensada por el mero hecho de querer hacer un bien, aunque no lleguen a realizarlo, y si lo llevasen a cabo, serían recompensados setecientas veces más. Te suplico que los hagas míos.’
‘Es la nación de Ahmad’, declaró Allah.
Entonces Musa (a.s) dejó las tablas que había recibido a un lado e hizo la siguiente plegaria:
‘¡O Señor! Si ese es el caso, hazme un miembro más de la nación de Ahmad.’” [4]
De esta forma, cada eslabón en la cadena profética, cada destello de luz y de guía, eran auspicios y heraldos de la llegada de Muhammad Mustafa (s.a.s), enviado como una misericordia para todos los mundos.
Y por fin, en el año 571, el lunes 12 del mes de Rabiulawwal por la mañana, a través del matrimonio de Abdullah y Aminah, la esperada y presagiada Luz llegó al mundo de las manifestaciones como honra para el universo y sus criaturas.
La Compasión Divina comenzó a fluir por todo el universo con su llegada. Los días y las noches cambiaron de aspecto. Los sentimientos y las sensaciones se hicieron más profundos. Cada cosa recuperó su significado, su refinada razón de ser. Los ídolos se derrumbaron y quedaron inertes en el suelo hechos pedazos. Las grandes columnas y torres de los pretenciosos palacios de Medain, dominio de los emperadores persas, se deshicieron. Al igual que las cloacas de la ignorancia, el lago de Sawa siguió su misma suerte y quedó seco. Los corazones se llenaron de la gracia y la esperanza que se desparramaron por el universo ocupando el espacio-tiempo que conforma la existencia de este mundo.
Si no hubiera sido el Profeta Muhammad (s.a.s) el paradigma de todas las virtudes, y si no hubiera venido a este mundo, la humanidad entera habría permanecido bajo la opresión y la animalidad hasta el final de los tiempos, dejando al débil a merced del fuerte. El fiel de la balanza se habría inclinado hacia el mal, y la tierra se habría convertido en un paraíso para tiranos y opresores. Con qué hermosas palabras expresa el poeta esta misma idea:
Mensajero, si no hubieras venido,
las rosas no habrían florecido,
ni los ruiseñores habrían cantado.
Adam no habría podido pronunciar los nombres,
quedándose sin significados.
En un continuo duelo habría permanecido todo sumergido …
Mawlana Rumi قدس سره, la excelsa voz de la verdad, nos propone el grado de gratitud que deberíamos sentir por el Noble Profeta (s.a.s), quien a lo largo de su vida sufrió indecibles penalidades a causa de su empeño en destruir los ídolos y acabar con la opresión:
“Tú, que hoy disfrutas de ser Musulmán, deberías saber que de no haber sido por el tremendo esfuerzo de nuestro Ahmad (s.a.s) y su determinación inquebrantable de acabar con todos los ídolos, también tú serías ahora un idólatra como tus antepasados.”
No sólo la sabiduría y el conocimiento con los que vino cargado el “Hombre Iletrado”, llegado a una sociedad ignorante lejos de toda civilización, dejaron asombrados a sus contemporáneos, sino que hasta el Último Día seguirán siendo un océano insondable e inagotable de ciencia. La prueba irrefutable de ello es que, a pesar de que el Qur'an descendió hace mil cuatrocientos años, ninguna de sus afirmaciones científicas, ninguna de sus narraciones del pasado o sus premoniciones con respecto al futuro, han podido ser rebatidas. Y sin embargo, hasta las más prestigiosas enciclopedias del mundo han tenido que ir variando su información a lo largo de los años para adaptarla a la realidad científica e histórica del momento.
El Profeta Muhammad (s.a.s), huérfano e iletrado, nunca recibió educación de nadie. A pesar de ello, demostró ser el hombre más sabio de todos los tiempos, el traductor del No-Visto y el maestro de la Verdad.
Musa (a.s) trajo cierto cuerpo de leyes. Daud (a.s) destacó por sus oraciones y cánticos inspirados por Allah, Glorificado sea. Isa (a.s) fue enviado como ejemplo de virtud y de piedad. Muhammad Mustafa (s.a.s) vino con todo eso junto. Promulgó leyes y al mismo tiempo enseñó la manera de refinar el corazón y de purificarlo para poder dirigirlo a Allah. Las virtudes sin igual que enseñó, las llevó a la práctica en su propia vida. Aconsejó no dejarse atrapar por las engañosas seducciones de este mundo. En pocas palabras, encarnó todos los derechos y obligaciones que los anteriores Profetas habían enseñado. Personificó la nobleza de linaje y de comportamiento, la belleza y perfección de carácter.
Durante los 40 años que vivió en medio de una sociedad ignorante, la mayor parte de sus virtudes, que más tarde se instalarían en su ummah, pasaron desapercibidas para sus conciudadanos. Nunca se le había considerado como un hombre de gobierno. Casi nadie era consciente de su don de oratoria, ni de su genio como estratega militar.
Y sin embargo, el año cuadragésimo de su vida fue un momento crucial en la historia de la humanidad.
Anterior a ese bendito día en el que el Profeta Muhammad (s.a.s) recibió la profecía, nadie le había escuchado hablar de la historia de los profetas pasados, ni del cielo ni del infierno. Tan sólo gozaba de la reputación de ser un hombre virtuoso y solitario, pero en el momento que regresó de la Cueva de Hira, donde se le había investido con la Divina Tarea, sus conciudadanos iban a presenciar un milagroso cambio en la personalidad de Muhammad (s.a.s).
Una vez que comenzó a llamar a la gente y a invitarla al Islam, toda Arabia quedó sumida en el mayor de los asombros y desconciertos, sintiéndose profundamente atraída por su elocuencia. La magnífica poesía que a tan altas cumbres había llegado con los árabes, fue perdiendo valor hasta quedarse sin esencia propia. Ya nadie se atrevía a colgar sus laureados poemas en los muros de la Ka'abah. Una vieja tradición acababa de morir. La hermana del famoso poeta Imr'ul-Qays, admirada por su exquisita y profunda visión poética, dijo al escuchar la siguiente ayah del Qur'an:
وَقِيلَ يَا أَرْضُ ابْلَعِي مَاءكِ وَيَا سَمَاء أَقْلِعِي
وَغِيضَ الْمَاء وَقُضِيَ الأَمْرُ وَاسْتَوَتْ عَلَى الْجُودِيِّ
وَقِيلَ بُعْداً لِّلْقَوْمِ الظَّالِمِينَ
“Y se dijo: ¡Tierra, absorbe tu agua! ¡Cielo, detente! Y el agua decreció, el mandato se cumplió y (la nave) se posó sobre el Yudi. Y se dijo: ¡Fuera la gente injusta!” (Hud, 11:44)
“Esto nos ha dejado a todos sin palabras. Incluso los poemas de mi hermano no pueden competir con ello.” Inmediatamente después, fue a la Ka'abah y retiró el poema de Imr'ul-Qays que había sido clavado en la parte más visible de la Ka'abah, no dejando otra alternativa para los poemas considerados inferiores que el ser arrancados.[5]
El Mensajero de Allah (s.a.s) enseñó a toda la humanidad que él era el Profeta del Real, Glorificado sea. Propuso los más perfectos principios sociales, culturales, económicos, legislativos y de relaciones internacionales, cuya sabiduría intrínseca les habría llevado a los más reputados científicos y pensadores toda una vida de experimentos e investigaciones hasta llegar a eso mismo. De hecho, la sabiduría de Muhammad (s.a.s), que más tarde se plasmaría en un comportamiento concreto, echó las bases de todo el conocimiento posterior.
Este excepcional Profeta que nunca antes había cogido una espada, sin ningún tipo de entrenamiento militar a excepción de haber presenciado una batalla, resultó ser un bravo guerrero, y un hábil comandante en la lucha por el tawhid y la paz social. Lideró ejércitos sin abandonar nunca una compasión tan vasta que podía abarcar a la humanidad entera.
Proclamaba el Din de Allah, Glorificado sea, de puerta en puerta, sin importarle los desafortunados que insolentemente daban un portazo en la misma cara del Sol de la guía, permaneciendo en las más oscuras tinieblas. Sus corazones de piedra les incitaban a tratarle rudamente. Sin embargo, el Profeta (s.a.s) nunca tomó sus afrentas como algo personal, sino que más bien sufría viendo su ignorancia.
A ese tipo de gente simplemente les decía:
“Di: No os pido ninguna recompensa por ello ni soy un impostor.” (Sa'ad, 38:86)
Y les recordaba que para él era suficiente llevar la complacencia de Allah en su corazón.
En tan sólo nueve años triunfó sobre toda la Península Arábiga, siempre con ejércitos de tres a seis veces inferiores en número a los de sus enemigos. Más aún, con un mínimo de pérdidas humanas en ambos bandos. Imbuyendo un poder espiritual y un entrenamiento militar a la gente que hasta entonces había crecido sin la menor disciplina, les proporcionó un milagroso éxito en todas sus campañas, acabando con las dos potencias de su tiempo –Bizancio y Persia.
El Profeta (s.a.s) llevó a cabo la más decisiva revolución en la historia de la humanidad, y a pesar de las circunstancias tan adversas en las que tuvo que realizarla, logró acabar con los opresores y secar las lágrimas de los oprimidos que durante tanto tiempo habían fluido y se habían derramado por toda la tierra. Sus benditas manos se transformaron en peines que acariciaban las cabezas de los huérfanos. Los corazones por fin se liberaban de un largo y angustioso sufrimiento.
Mehmet Akif recrea estas imagines de la forma más bella:
El Huérfano ha madurado y ha alcanzado los cuarenta.
Los pies ensangrentados de aplastar cabezas, ha sido lavados.
Con un soplo el Inocente salvó a la humanidad,
un golpe y todos los césares quedaron fulminados.
Revividos fueron los débiles,
el solo derecho de los que sufren,
Y la opresión, nadie lo hubiera pensado, fue aplastada.
Una misericordia para todos los mundos, en verdad, fue su claro camino.
Y obtuvo lo que buscaba quien no tenía otro objetivo que la justicia.
Todo lo que el mundo posee no es sino su ofrenda,
con él está en deuda la sociedad, y el individuo.
En deuda está toda la humanidad con este Inocente.
O Señor, resucítanos en el Más Allá con este pensamiento en la mente.
La profecía de Muhammad Mustafa (s.a.s) es como un océano sin límites, de la misma forma que el resto de los profetas son ríos que desembocan en él. De los 124.000 profetas que se nos ha transmitido fueron enviados a la humanidad a diferentes lugares y en diferentes tiempos, el Profeta Muhammad Mustafa (s.a.s) representa el cenit de la perfección y la virtuosidad profética. Sentó las bases de los valores que deben predominar en las sociedades, convirtiéndose en el punto esencial de referencia para todo lo que el hombre pueda necesitar hasta el Día del Juicio Final. Por ello, podemos afirmar que es el Profeta de la Última Hora. Confesando la perfección de su carácter, el bendito Profeta (s.a.s) dijo en una ocasión:
“He sido enviado para perfeccionar el comportamiento humano.” (Muwatta, Husn'ul-Khuluq)
El
Profeta (s.a.s) no dejó tras de sí ningún bien material, ninguna
propiedad, ni el más mínimo objeto de valor. Sin embargo nos legó
el más preciado tesoro –un supremo carácter.
Uswat'ul-hasanah
/ El modelo inigualable
Muhammad Mustafa (s.a.s) es el único profeta, y de hecho el único hombre en la historia, del que se conoce hasta el más insignificante detalle de su vida. Con respecto a los demás profetas, sólo unos cuantos retazos de su paso por este mundo relacionados con su misión de guiar a la humanidad y de adherirse a la conducta correcta, han llegado hasta nuestros días. Parece como si todos sus actos, del más simple al más comprometido, hubieran sido filmados, instante a instante, hasta formar el más completo cuadro de su vida para beneficio de toda la humanidad, y como el más preciado legado histórico que haya existido jamás. A esto hay que añadir que por la gracia de Allah Todopoderoso, este pormenorizado relato de su vida se ha mantenido intacto hasta nuestros días, y así se mantendrá hasta el Día del Juicio Final.
Siguiendo su ejemplo nos compite resistir los reveses, las pruebas y las tribulaciones a las que debemos enfrentarnos en la vida, confiando en el Todopoderoso, aceptando plenamente nuestro destino, desarrollando la paciencia, el coraje y la perseverancia, siendo altruistas y generosos, con un corazón rico en contento, y manteniendo un inquebrantable equilibrio contra las posibles discrepancias que pudieran presentarse. El murshid'ul-kamil por excelencia, el único poseedor de todas estas virtudes, ejercidas a lo largo de su pura y ejemplar vida, es Muhammad Mustafa (s.a.s), el regalo más generoso que Allah el Todopoderoso, Glorificado sea, ha hecho a la humanidad.
La vida del bendito Profeta (s.a.s) ofrece un espléndido ejemplo para todas las generaciones venideras hasta el Último Día.
“Y tendrás por cierto una recompensa que no cesará. Y estás hecho de un carácter magnánimo.” (Al-Qalam, 68:3-4)
La vida y el sublime carácter del Profeta (s.a.s) marcan la cima de la conducta humana, incluso si solamente nos fijamos en los aspectos de su comportamiento más fácilmente aprehensibles por el entendimiento humano. A este pináculo de los profetas y arquetipo del carácter humano que completó su misión en medio de una sociedad hostil, mostrando el mejor ejemplo a emular, se ha referido el Todopoderoso, en palabras del Qur'an, como uswat'ul-hasana, el modelo inigualable.
Así está escrito en el Noble Qur'an:

“Realmente en el Mensajero tenéis un hermoso ejemplo para quien tenga esperanza en Allah y en el Último Día y recuerde mucho a Allah.” (Al-Ahzab, 33:21)
En cada etapa de su vida el Noble Profeta (s.a.s) mostró el más bello y perfecto comportamiento para que todo el mundo se fijase en él y pudiera apreciarlo tanto en sus aspectos más generales como en los más concisos y detallados. Si queremos seguir la más perfecta conducta, no tendremos más remedio que imitar la sublime vida y el inigualable comportamiento del Profeta (s.a.s).
Muhammad Mustafa (s.a.s) fue líder religioso y cabeza de estado. Es un ejemplo para aquellos que se adentran en el jardín del amor divino, un ejemplo de gratitud y humildad para quien se ha abandonado en las bendiciones de Allah. De la misma forma que es un ejemplo de paciencia y confianza en Allah, Glorificado sea, en tiempos difíciles, el Profeta (s.a.s) es también un ejemplo de generosidad al abstenerse de tomar nada de los botines de guerra. Cubriendo, con la abundante compasión que tenía por su familia, a los esclavos, a los débiles y a los que habían perdido el camino, el Profeta (s.a.s) mostró el comportamiento a seguir. Su magnanimidad y su benevolencia alcanzaron también a sus enemigos.
Así, si posees grandes riquezas, pondera la humildad y generosidad del gran profeta que conquistó toda Arabia y venció los corazones de todos los árabes a través del amor.
Si te encuentras entre los débiles, entonces que sea tu referencia la vida del Profeta (s.a.s) en Meca bajo el gobierno de los terribles y opresores idólatras.
Si eres de los vencedores, reflexiona sobre el Profeta (s.a.s) del valor y de la sumisión, quien derrotó totalmente al enemigo en las batallas de Badr y Hunain.
Pero si, Allah no lo quiera, te encuentras un día entre los vencidos, acuérdate del Profeta (s.a.s) caminando paciente y valerosamente entre sus Compañeros heridos y martirizados en la batalla de Uhud, completamente sometido a la voluntad divina.
Y si eres un profesor, piensa en el delicado, sensible y afectuoso Profeta (s.a.s) transmitiendo las perlas de su corazón a los estudiantes de suffa junto a la Masyid an-Nawawi.
Y si eres un estudiante, visualiza la escena del Profeta (s.a.s) sentado frente a Yibril (a.s) en el momento de la revelación, atento y motivado, lleno de respeto.
Si eres un anunciador que llama al camino recto, entonces presta atención a la fascinante voz del Profeta (s.a.s) lanzando destellos de sabiduría en la mezquita, desde su corazón al corazón de sus Compañeros.
Si te han abandonado y no tienes a nadie quien te ayude en la tarea de proteger, comunicar y elevar la verdad, entonces echa un vistazo a la vida del Profeta (s.a.s) quien la proclamó a los ignorantes y les llamó a la guía cuando no tenía en Meca quien le protegiera ni le ayudara en esta tarea.
Si has roto la resistencia del enemigo dejándolos incapaces de moverse y has erradicado el mal y proclamado la virtud, visualiza la escena del Profeta (s.a.s) en el día de la Conquista, humilde y agradecido, entrando en el sagrado recinto de Meca, sentado en su camello, casi postrado, a pesar de ser un comandante victorioso.
Si tienes tierras de cultivo y quieres encaminar bien las cosas, aprende la lección del competente Profeta (s.a.s) quien nombró a los más capaces para impulsar y administrar, de la mejor manera posible, las tierras de Banu Nadir, Jaibar y Fadak después de haber tomado posesión de ellas.
Si te encuentras solo, piensa en el hijo de Abdullah y Aminah, su querido y amado huérfano.
Si eres un adolescente, considera de cerca la juventud del futuro profeta pastoreando los rebaños de Abu Talib en Meca.
Si eres un comerciante que parte con la caravana llena de mercancías, pondera la integridad del más grande de los hombres en los convoyes destinados a Yemen y Damasco.
Si eres un juez, recuerda el justo y prudente movimiento que realizó el Profeta (s.a.s) al intervenir en el asunto de recolocar la Piedra Negra cuando estaban a punto de enzarzarse en una sangrienta reyerta los notables de Meca.
Vuelve a repasar la historia y echa una ojeada al tiempo del Profeta (s.a.s) en Medina en la Masyid an-Nawawi pronunciando su veredicto sobre los desahuciados, destituidos de todo bien y los más pudientes con un sentido de la justicia difícil de imaginar en nuestros días.
Si eres una esposa, considera las profundas emociones y la compasión del bendito esposo de Jadiya y Aisha.
Si tienes hijos, aprende de la afectuosa conducta del padre de Fátima y del abuelo de Hasan y Husein.
Quienquiera que seas y cualquiera que sean las circunstancias en las que te encuentras, siempre encontrarás a Muhammad Mustafa (s.a.s) como el más perfecto maestro y la más bella guía en todo tiempo y en todo lugar.
Es un maestro de tal calibre que uno puede corregir todos los errores emulando su sunnah, puede rehacer y remendar los intentos fallidos. Siguiendo la luz de su guía, inmediatamente limpiamos nuestro camino de obstáculos y nos encontramos, sin apenas sentir fatiga, ante las puertas de la felicidad.
El mundo interno del Bendito Profeta (s.a.s) es de mucha más exquisitez que un jardín repleto de exóticas flores y fragantes rosas.
Queda, pues, totalmente claro que la vida del Profeta constituye el más perfecto ejemplo incluso para aquellos que se encuentran en los polos opuestos de la sociedad. La vida de un convicto, por ejemplo, nunca puede llegar a ser un ejemplo para un juez, de la misma forma que la de un juez no se puede mostrar como un ejemplo a un convicto. Así, el destino de quien lucha contra la pobreza e intenta sobrevivir a duras penas, no puede ser un caso a tener en cuenta para un potentado hombre de negocios. Sin embargo, la vida del Bendito Profeta (s.a.s) nos ofrece ejemplos para ambos extremos de la escala social, ya que el Todopoderoso le hizo comenzar su viaje existencial como huérfano, ocupando la posición más baja del estrato social, y le hizo pasar por arduas etapas hasta finalmente llevarle a la cima del poder y de la autoridad como Profeta y cabeza de estado.
Cada fase por la que pasó el Profeta (s.a.s) en el transcurso de su vida refleja modos ideales de comportamiento con los que guiarse, ya que hacen referencia a los altibajos de la existencia humana en general. Así, pues, sin importar la posición y las circunstancias en las que nos encontremos, y acorde con nuestros medios y capacidades, la vida del Noble Mensajero (s.a.s) nos ofrece ejemplos perfectos y concretos de conducta a seguir y a establecer en nuestras vidas.
Por ello, podemos concluir que el Profeta Muhammad (s.a.s) es la más bella y perfecta creación ofrecida por Allah, Glorificado sea, a la humanidad. Es el ejemplo por excelencia para ser emulado por la sociedad en toda su extensión, por sus miembros menos favorecidos y por los más afortunados, por sus elites y su gente ordinaria, por los creyentes y los ignorantes.
Cualquiera que pretenda mostrar a la humanidad el camino de salvación, a excepción de los Profetas y de sus fieles seguidores, estará engañándose a sí mismo. A este tipo de incautos pertenecen especialmente los filósofos quienes pretenden poder explicarlo todo a través de sus capacidades cognoscitivas. No podrán transmitir, en realidad, otra cosa que errores y deficiencias. En cambio, los Profetas, que se basan exclusivamente en la Divina Revelación, nos llegan como guías de la Verdad confirmándose los unos a los otros. Cada uno de ellos ha transmitido y enseñado las órdenes de Allah sin alterar nada del mensaje y sin pretender que esa sabiduría viniera de ellos mismos.
Los filósofos, ambicionando guiar al ser humano a través de su falsa luz, transmiten sus puntos de vista personales, ya que carecen de la protección Divina y están a merced de sus egos y de su imperfecta razón. Así, pues, lo único a lo que llegan es a refutarse unos a otros mostrando claramente su incapacidad para guiarse a sí mismos, mucho menos a la sociedad.
Aristóteles, por ejemplo, a pesar de ser conocido por haber establecido ciertos principios éticos, al estar desprovisto de la Divina Revelación, no pudo lograr que nadie que siguiera su sistema de pensamiento alcanzase la felicidad aplicándolo a su vida. Esto es así porque los corazones de los filósofos no han sido refinados, ni sus almas han sido purificadas, de la misma forma que sus pensamientos y sus acciones no han madurado a través de la revelación.
El único medio de protegernos del abismo al que nos pueden llevar las facultades cognoscitivas y las inclinaciones psicológicas que no han sido entrenadas con la revelación es la habl'ul-matin, la Cuerda Más Resistente, ofrecida a la humanidad por el Profeta de la Última Hora (s.a.s) –el Noble Qur'an.
Y las más tangibles y prácticas manifestaciones de las verdades encontradas en lo más profundo del Qur'an las observamos en la modélica vida del Bendito Profeta (s.a.s). En respuesta a la más urgente pregunta que se hace todo ser humano, a saber, ¿cuál es la razón de nuestra existencia? –debemos responder: Conformar nuestro comportamiento al Qur'an y la sunnah, ya que el Qur'an y la sunnah son prescripciones para alcanzar la felicidad tanto en este mundo como en el Otro. Son el legado eterno de la Luz del Ser (s.a.w), quien dejó en herencia estos dos Luminosos Faros para su ummah.
Antes de embarcarse en la tarea de la profecía, el Bendito Profeta (s.a.w) ya era respetado y querido por todos debido a su virtuoso carácter que hacía que sus conciudadanos confesasen sin la menor restricción que Muhammad (s.a.s) era Al-Amin, el digno de confianza, y As-Sadiq, el honesto y veraz. Sólo después de que quedase claro para todos quién era Muhammad (s.a.s), le llegó la profecía.
Plenamente conscientes del carácter ejemplar del Profeta (s.a.s), de su veracidad e integridad mucho antes de que le llegase la ‘gran tarea’, la gente de Meca sentía un profundo aprecio por él. La misma tribu que le llamó Al-Amin se rindió incondicionalmente a la hora de que fuese él quien resolviese la disputa que estalló entre las tribus involucradas en recolocar la Piedra Negra después de la restauración de la Ka'abah. El Mensajero de Allah (s.a.s) estaba imbuido de tal honestidad que incluso Abu Sufian, todavía un infiel que sólo pensaba en destruir al Profeta (s.a.s), cuando el emperador bizantino Heraclio le preguntó si había habido una sola vez en la que el Profeta (s.a.s) no hubiese guardado su palabra, no pudo responder otra cosa que lo siguiente:
“Nunca… Siempre ha cumplido sus promesas.” (Bujari, Bad'ul-Wahy 6, Salat 1, Sadaqat 28; Muslim, Yihad, 74)
Otro testimonio para entender hasta qué punto los árabes de la época pre-islámica confiaban en el Noble Mensajero (s.a.s) lo encontramos en Abu Yahal, el más acérrimo enemigo del Profeta (s.a.s), y en sus amigos:
“Por Allah, Muhammad, que no decimos nada contra ti… En lo que a nosotros respecta eres un hombre honesto y veraz. Pero no aceptamos aquello que nos has traído.”
A este respecto se reveló la siguiente ayah:
“Ya sabemos que te entristece lo que dicen, pero no es a ti a quien niegan los injustos, son los signos de Allah lo que niegan.” (Al-An-am, 6:33) [6]
Incluso sus más encarnizados enemigos reconocieron al Noble Muhammad (s.a.s) como a un verdadero profeta en sus corazones, negándole con sus leguas para salvaguardar sus corruptas formas de vida y sus ambiciones mundanas.
Otro incidente que aclara todavía más por qué la Luz del Ser (s.a.s) era llamado Al-Amin, incluso por aquellos que más le odiaban, lo encontramos en el siguiente relato:
Mientras continuaba la batalla de Jaibar un pastor de las líneas judías llamado Yassar vino a donde estaba el Profeta (s.a.w) y después de una corta conversación expresó su deseo de entrar en el Islam. Feliz por aquella decisión el Bendito Profeta (s.a.w) le pidió, sin embargo, que antes de nada devolviese las ovejas a sus dueños,[7] y esto en un momento en el que la batalla se había recrudecido y la falta de víveres comenzaba a hacer mella en el ánimo de las líneas musulmanas. Este hecho sin duda muestra la importancia de mantenernos firmes en nuestras responsabilidades, de mantenernos conscientes de nuestros deberes y de proteger aquello que se nos ha confiado, incluso en los momentos más difíciles.
Otro aspecto importante a tener en cuenta es la beneficiosa influencia que la excelente y virtuosa conducta del Noble Profeta (s.a.s) ejercía sobre aquellos que le rodeaban. El caso más excepcional, sin duda, en este sentido, es la absoluta sumisión de Abu Bakr (r.a) a la veracidad del Profeta (s.a.s), que se manifestó de forma contundente cuando se le preguntó qué pensaba del Viaje Nocturno (Miray) de Muhammad:
“Si él ha dicho que ha ido, es que ha ido.”
Innumerables manifestaciones de justicia, compasión y misericordia a lo largo de la vida del Profeta (s.a.s) se presentan como ejemplos a imitar por la humanidad entera hasta el final de los tiempos. No hay una sola persona libre de perjuicios que haya tenido el privilegio de vislumbrar exhalaciones fulgurantes de esta incomparable Fuente de Luz, que se atreva a disputar su virtuosa realidad, incluso si permanece cerrada dentro de su consciencia. Muchos pensadores extranjeros se han sentido obligados a inclinarse ante su realidad a pesar de mantenerse en la incredulidad. Muchos son los que han dado voz a su reconocimiento interno de la virtud y el éxito del Bendito Profeta (s.a.s). Una de estas figuras es Thomas Carlyle, quien describió así su nacimiento:
“… una aparición de luz desde la oscuridad.”
Así describe la Enciclopedia Británica el carácter virtuoso del Noble Profeta:
“Ningún profeta ni reformista ha cosechado nunca el éxito de Muhammad en toda la historia de la humanidad.”
Similar es el comentario de B. Smith:
“Sin la menor duda podemos afirmar unánimemente que Muhammad es el más grande revolucionario que haya existido jamás.”
El escritor Stanley Lane-Polo declara con profunda honestidad:
“El día en el que Muhammad consiguió la mayor victoria sobre sus enemigos, consiguió al mismo tiempo la mayor victoria de la virtud en sí mismo, ya que el día en el que conquistó Meca no hubo represalias contra los Quraish, y declaró una total amnistía para toda la comunidad mequinense.”
En este mismo sentido declara el escritor Arthur Gilman:
“Presenciamos su grandeza durante la conquista de Meca. Las pasadas persecuciones y crímenes que había sufrido tanto él como su comunidad podían haber encendido sentimientos de venganza en su corazón. Sin embargo, Muhammad previno a su ejército para que no fuese derramada una sola gota de sangre. Mostrando una majestuosa compasión, todo lo que hizo fue dar gracias a Allah.”
Imposible será encontrar en ningún sistema legal una proclamación de derechos humanos como la que extraemos del Qur'an y la sunnah. De hecho La Fayette, un renombrado filósofo y uno de los cerebros actuantes de la Revolución Francesa de 1789, proclamó con estas palabras la supremacía de la ley islámica:
“¡Muhammad el Magnífico! Has alcanzado tal cima de justicia que es imposible para nadie, y así lo seguirá siendo en el futuro, sobrepasarte.” [8]
Qué sublime debe ser una virtud para que incluso sus enemigos la afirmen y la admitan. Tal es la virtud y la integridad del Bendito Profeta (s.a.w), testificada incluso por los más irreverentes incrédulos.
La vida excepcional de Muhammad Mustafa (s.a.s) es la personificación de la perfección moral y es más que suficiente para iluminar cualquier aspecto de la actividad humana. Constituye el punto álgido de la educación del ser humano, arrojando destellos en el camino de los que buscan la iluminación. Ofreciendo la guía a través de la firme y poderosa luz de su carácter a todos los que buscan el camino verdadero, Muhammad Mustafa (s.a.s) es el auténtico maestro de la humanidad.
El ávido círculo de alumnos apiñados a su alrededor constituía una auténtica escuela que admitía a personas de todos los estratos sociales. Sin importar el color de su piel, la disparidad de sus lenguas o la copiosa variedad de sus bagajes culturales, así como de sus aparentemente irreconciliables diferencias sociales, se reunían allí como si fueran una sola persona. Nunca se le impidió la entrada a nadie que quisiera unirse a ese círculo de enseñanza. No era un círculo exclusivo de una tribu concreta, sino más bien una fuente de conocimiento y sabiduría que se ofrecía a cualquier hombre o mujer por el mero hecho de formar parte de la humanidad. De esta forma se olvidaron las diferencias entre el débil y el fuerte.
Fíjate un instante en los que se adhirieron al Profeta (s.a.s) y verás prominentes y respetables líderes de sus sociedades, tales como el rey de Abisinia, Nayasi; el noble Ma'anian Farua; el jefe de Khimyar Dhul'qila, Firus Dailami; el noble yemení Maraqaboud; y los gobernadores de Umman Ubaid y Yaffar.
Seguro que si vuelves a fijarte una segunda vez, verás que por encima de esos reyes y nobles que hemos mencionado se encontraban los más desfavorecidos de aquellas sociedades árabes como Bilal, Yassir, Zuhaib, Habbab, Ammar, Abu Fuqaiha, y muchos otros, así como desprotegidas y vulnerables mujeres como Sumaia, Lubaina, Zinnirah, Nahdia y Umm Abis.
Entre
los más ilustres Compañeros del Profeta (s.a.s) vemos a aquellos de
suprema y aguda inteligencia provistos de un preciso sentido del
juicio, de la misma forma que vemos los que tenían competencia para
resolver los más intricados problemas, y eran capaces de discernir
en los asuntos mundanos y de gobernar vastos territorios con equidad
y sobresaliente planificación. Los Compañeros del Bendito Profeta
(s.a.s) acabaron liderando ciudades y regiones a lo largo de una
amplia geografía. Con sus esfuerzos muchos de ellos consiguieron
guiar a sus sociedades al camino recto y hacerles probar el sabor de
la justicia. Esparcieron por doquier paz y serenidad uniendo a sus
súbditos en una fraternal comunidad.
* El inigualable comportamiento del Profeta de Allah (s.a.s)
*
Las normas de conducta de los más elevados
El
inigualable comportamiento del Profeta de Allah (s.a.s)
En la historia de la humanidad no ha existido nadie que pueda igualarse a Muhammad Mustafa (s.a.s), de quien se ha preservado, escrupulosamente, hasta el más mínimo detalle de su intrincada vida, y hasta la más mínima característica de su personalidad. Voluminosos libros no serían suficientes para albergar la explicación del carácter ejemplar del Noble Profeta (s.a.s).
Los fundamentos [9] y el sabio iytihad [10], dentro del ámbito de las ciencias islámicas, han adoptado las cualidades del Mensajero de Allah (s.a.s) como pruebas. Por ello, diferentes disciplinas han estudiado por separado los distintos atributos del Bendito Profeta (s.a.s). Más aún, todos los trabajos que se han escrito dentro de la tradición islámica en los últimos 1400 años no han tenido otro objetivo que el de escudriñar letra por letra un libro –el Noble Qur'an, y el carácter de un hombre –el Profeta de Allah (s.a.s).
Es imposible comprender con las restringidas capacidades de las que disponemos los seres humanos lo que significa la existencia del Profeta (s.a.s) y su inigualable carácter en toda su extensión, ya que tanto las impresiones sensoriales como las elucidaciones mentales son inadecuadas e insuficientes para explicar la grandeza de Muhammad Mustafa (s.a.s). De la misma forma que es imposible verter un océano en una taza, así también es incomprensible para nosotros el esplendor de la luz de Muhammad (s.a.s).
Lo
que vamos a tratar de presentar aquí, dentro de nuestras limitadas
capacidades, son unas cuantas gotas del inmenso océano que
representa el carácter ejemplar del Mensajero de Allah (s.a.s), con
la esperanza de que este humilde trabajo sirva para conocer cada vez
mejor la profunda personalidad de nuestro amado Profeta (s.a.s).
El
bello rostro del Profeta de Allah y su inigualable comportamiento
Con su bella apariencia y su ejemplar modo de vida, el Bendito Profeta (s.a.s) es una maravilla incomparable; describir elocuentemente su inmaculado aspecto está más allá de nuestro alcance. Como afirma el Imam Qurtubi:
“La belleza externa del Mensajero de Allah (s.a.s) no se manifestó enteramente. De haberse translucido sus hermosas y poderosas características en toda su plenitud, los Compañeros no habrían tenido el poder de mirarle.” [11]
Incluso de entre aquellos Compañeros que constantemente estaban al lado del Bendito Profeta (s.a.s), no había muchos que pudieran soportar la belleza de su semblante como sus corazones hubieran deseado, se mantenían a una cierta distancia por su sentido de adab. Se ha narrado que todos los Compañeros solían bajar la mirada mientras conversaban con él, a excepción de Abu Bakr y 'Umar, los dos únicos que miraban a los ojos del Profeta (s.a.s). Con resplandecientes sonrisas fijaban sus miradas en el Noble Mensajero (s.a.s), quien a su vez les correspondía de la misma forma. (Tirmidhi, Manaqib, 16/3668) Este hecho fue ampliamente descrito en sus últimos años por Amer ibn Ass (r.a), quien pasó a la historia como el conquistador de Egipto:
“Aunque pasé mucho tiempo junto al Mensajero de Allah (s.a.s), el rubor que me sobrevenía en su presencia y el sentimiento de inmenso respeto que sentía en mi interior siempre me impidieron levantar la cabeza y mirar a su sagrado y hermoso rostro para contento de mi corazón. Si alguien me pidiera ahora mismo que describiese el aspecto físico del Mensajero de Allah (s.a.s), creedme –no podría.” (Muslim, Iman, 192) [12]
Según aquellos que más intimaron con el Profeta (s.a.s), su rostro era el más limpio y el más atractivo de todos. Al saber de su llegada a Medina, el curioso Abdullah ibn Salam, entonces un erudito judío, visitó al Profeta (s.a.s) y después de una rápida mirada a su rostro comentó:
“Un rostro así no puede mentir nunca.”
En ese mismo instante se convirtió al Islam. (Tirmidhi, Qiyamah, 42/2485; Ahmad, V, 451)
Investido con el más alto grado de belleza, inspirando majestad y mostrando un exquisito refinamiento en todos sus gestos, en verdad que no necesitaba de ningún otro signo ni de ningún milagro para probar que realmente era el Mensajero de Allah.
Siempre que el Bendito Profeta (s.a.s) se sentía disgustado o, por el contrario, lleno de gozo, se podía notar inmediatamente en la expresión de su rostro.
Su santo cuerpo poseía un intenso vigor, un fuerte sentido del pudor y una rigurosa determinación. En cuanto a la profunda sensibilidad de su corazón es imposible describirla. Una dulce luz emanaba de su rostro. Sus palabras se encadenaban unas a otras en un pausado flujo. Cada uno de sus movimientos se realizaba con una sorprendente elegancia. Poseía un extraordinario poder de expresión, y una suprema elocuencia en todos sus discursos.
Nunca pronunció una palabra en vano. Todas ellas estaban cargadas de sabiduría y de consejo. No había lugar en su discurso para calumnias ni para conversaciones fútiles. Hablaba con la gente según sus capacidades. Era amable y humilde. Aunque nunca expresó su alegría con carcajadas, en su rostro siempre había dibujada un cálida sonrisa. Mirarle un instante plenamente a la cara nos habría sobrecogido con respeto y temor, a pesar de que una breve conversación habría bastado para plantar en lo más profundo de nuestro corazón sentimientos de amor y afecto hacía él.
Trataba a los justos con respeto según su grado de devoción. Siempre se comportó con sus familiares con amabilidad y ternura, si bien estos sentimientos los hacía extensos al resto de la sociedad. Su ternura y compasión también abarcaban a sus sirvientes, de forma que comían de su misma comida y se vestían con ropas parecidas a las suyas. Generoso y compasivo, el Profeta (s.a.s) logró establecer, dependiendo de las circunstancias, un perfecto equilibrio entre el coraje y la dulzura. Inefable en su profunda benevolencia y generosidad, iba más allá de lo que podemos entender por altruismo, pues daba de sus bienes sin el menor miedo a empobrecerse. En palabras de Yabir (r.a):
“Nunca nadie escuchó de sus labios la palabra ‘no’ cuando alguien le pedía algo.” (Muslim, Fadail, 56)
Era el que más frecuentaba a sus parientes, y mostraba siempre un gran afecto y misericordia con la gente, tratándolos en cada momento de la mejor manera. El Bendito Profeta (s.a.s) era el que más detestaba la inmoralidad y el que más exaltaba la virtud. A menudo recordaba a sus Compañeros la importancia de erradicar de sus corazones toda inclinación al vicio:
“No hay nada que tenga más peso para un Musulmán en el platillo del bien en el Más Allá que el buen comportamiento. Allah, Glorificado sea, detesta a aquellos que se comportan indecentemente y utilizan palabras groseras.” (Tirmidhi, Birr, 62/2002)
El Mensajero de Allah (s.a.s) era un hombre de palabra que siempre guardaba sus promesas. Superior a todos en virtud, inteligencia y agudeza, no es posible expresar su verdadero valor.
Dicho esto, es importante notar que en su rostro había dibujada una perpetua expresión de tristeza. Retirado en un estado ininterrumpido de contemplación, sólo hablaba cuando era necesario. Aunque sus periodos de silencio eran prolongados, siempre completaba las frases que había comenzado, reuniendo diferentes niveles de significado en unas pocas frases. Sus palabras se iban desgranando como si fueran perlas contadas una a una. Su constante amabilidad no impedía que su absoluta majestuosidad se impusiera allí donde estuviera.
Nunca perdía la paciencia, excepto cuando se infringía un derecho Divino. Cuando esto ocurría su enfado no se disipaba hasta que ese derecho hubiese sido restaurado, sólo entonces volvía a su habitual compostura. Nunca se enfadó por una cuestión personal. Nunca se le conoció discutiendo por algún asunto que sólo le atañese a él.
Nunca entraba en una estancia sin permiso. Una vez que volvía a casa dividía su tiempo en tres periodos. El primero era para Allah, Glorificado sea; el segundo para su familia; y el tercero para él; y esto sólo de forma nominal, pues de hecho dedicaba esa parte a toda la demás gente, ya fuera común o la elite de la sociedad, sin dejar a nadie desatendido, sin dejar un solo corazón descuidado.
En las mezquitas solía sentarse en diferentes lugares para evitar que otros tomasen el hábito de sentarse siempre en un mismo lugar, de forma que no se consagrase ninguno de ellos. Detestaba que en público la gente adoptase conductas engreídas. Cuando entraba a una reunión se sentaba en el primer lugar disponible y aconsejaba a los demás que hicieran lo mismo.
Siempre que una persona requeriría su ayuda para resolver un problema, sin importarle la relevancia del favor solicitado, el Bendito Profeta (s.a.s) no se quedaba tranquilo hasta que se hubiera dado una solución satisfactoria a ese asunto. Si resultaba ser imposible, el Profeta (s.a.s) nunca abandonaba a esa persona sin antes consolarle y dejar en su corazón el dulce sabor de sus palabras. Todos tenían en él a un confidente. Los diferentes estratos sociales quedaban unificados en su misericordia. Ya fuera la persona rica o pobre, letrada o ignorante, recibía el mismo trato por el mero hecho de ser una criatura humana. Todas sus reuniones estaban impregnadas de amabilidad, sabiduría, cortesía, paciencia y confianza, primero y fundamentalmente en Allah, Glorificado sea, y después en los demás.
Nunca reprochó explícitamente a nadie por sus fallos. Cuando resultaba inevitable reprender la conducta de una persona, el Noble Mensajero (s.a.s) lo hacía de una forma sutil y refinada para no romper su corazón. No solo estaba fuera de su práctica el indagar en los fallos ocultos de la gente, sino que prohibía a los demás ocuparse en tan innoble tarea.
La Luz del Ser (s.a.s) nunca pronunciaba una palabra si no era para obtener la complacencia Divina. Las reuniones en las que hablaba eran paraísos de éxtasis. El entusiasmo incondicional de los que asistían a tales reuniones y escuchaban sus palabras fue más tarde descrito por sus Compañeros de la siguiente manera:
“Nos sentábamos en tal silencio e inmovilidad que parecía como si un pájaro se hubiera posado en nuestras cabezas y temiéramos que en cualquier momento pudiera asustarse y echarse a volar.” (Abu Dawud, Sunnah, 23-24/4753)
La cortesía y el exquisito comportamiento que reflejó en sus Compañeros era de tal intensidad que muy a menudo incluso hacerle una pregunta resultaba impropio. Solían esperar a que viniera algún beduino del desierto para hacerle al Profeta (s.a.s) preguntas y consultarle sus dudas, y de este modo, durante la conversación que entonces se originase, poder beneficiarse y profundizar su conocimiento.
A
lo largo de su vida el Bendito Profeta (s.a.s) fue una inamovible
montaña de sinceridad. Nunca dijo algo que no estuviera en su
corazón, ni nunca aconsejó a nadie hacer algo que él no hubiera
hecho ya. Imbuido de tales cualidades, podemos decir que era el
Qur'an personificado.[13]
La
humildad del Profeta de Allah (s.a.s)
A pesar de haber obtenido en un corto periodo de tiempo lo que otros líderes sólo hubieran podido soñar con obtener, y a pesar de haber conquistado el corazón de la gente, el Mensajero de Allah (s.a.s) continuó llevando su humilde vida como si a sus pies no hubiese innumerables riquezas materiales. Continuó viviendo en su modesta habitación de adobe, durmiendo en un colchón relleno con hojas de palmera y vistiéndose con las ropas más sencillas. Su nivel de vida estaba por debajo incluso del de la gente más pobre. Cuando en alguna ocasión no encontraba nada para comer, se mantenía agradecido a Allah, Glorificado sea, y se ataba una piedra al estómago para aliviar el hambre. A pesar de que todas sus faltas, pasadas o venideras, habían sido perdonadas, perseveraba en sus súplicas y en su gratitud al Todopoderoso, alargando su salah hasta la mañana, de forma que las plantas de sus pies se hinchaban y sangraban.
Nunca permaneció indiferente a la hora de socorrer a los necesitados. Solaz para huérfanos y abandonados, jamás consintió que su grandeza llegase a ser un obstáculo a la hora de auxiliar a los desfavorecidos, quedando cada uno de ellos protegido por la bondadosa y tierna ala de su misericordia.